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lunes, 15 de junio de 2009

Diario de un peregrino (final)




Abrí los ojos para encontrarme de nuevo entre desconocidos en un lugar extraño. Era bastante temprano, todos tenían el camino hecho y al ser domingo lo único que les quedaba por hacer era asistir a mediodia a la misa del peregrino. Era el momento de llegar al final de mi peregrinaje, de recorrer los últimos metros con la mochila a cuestas, de "mirar a las estrellas" siguiendo mi ruta, de buscar vieiras, seguir flechas amarillas, de recorrer caminos de asfalto, de piedra o tierra. Al recoger mis cosas y salir me encontré con la ciudad compostelana bañada por un manto de niebla, que la hacía aún más hermosa en la soledad de la madrugada. Aquel momento fue solo para la ciudad y para mí, lejos de la masificación turística y de peregrinos solo las piedras de la historia serían el testigo de haber cumplido mi sueño.



Disfruté de cada casa, de cada esquina, de cada señal que me llevaban nuevamente a la plaza del Obradoiro, totalmente en soledad. Entré en la desierta Catedral, ya conocía el camino de sobra de años atrás, así que fui derecho al sepulcro del apóstol, bajé, dejé mi pesada mochila en el suelo y me senté frente a él. Durante todo el camino había estado pensando en qué diría llegado aquel momento, no por religiosidad, sino porque era el momento de saber la verdadera razón, la fuerza oculta que me llenaba de tanto deseo de alcanzar mi meta. No hizo falta meditar nada, los pensamientos surgieron claros y concisos, ya sabía por qué estaba allí, y sólo pedí que mi camino fuera ejemplo de mi vida, que supiera seguir las señales que marcaban mi destino, que no me perdiera en ningún momento y que por muy duro que fuera jamás pensara ni siquiera en abandonar mi camino.



Salí de la Catedral y me senté en la plaza para hacer hora hasta que abrieran las oficinas en las que había que pedir la Compostela. En aquel momento, allí sentado, un millón de pensamientos y sentimientos invadieron mi mente, sobre todo pensando en mi abuelo, el hombre más fuerte que jamás he conocido, que nunca ha necesitado la ayuda de nadie ni tampoco la habría pedido, y que en sus últimos meses de vida ya no podía caminar. Él me dio las fuerzas en cada momento, él anduvo conmigo cada paso, y cada vez que las fuerzas me faltaban el mero pensamiento de andar lo que él no pudo me empujaban a lo más alto, debía seguir adelante por él, y él estaba allí por mí. No pude evitar echarme a llorar, y allí, en aquel momento, terminé mi peregrinaje, ya había encontrado mucho más de lo que creía poder encontrar.



En cuanto abrieron las oficinas entré a pedir la Compostela, una especie de diploma que acredita que has hecho el Camino de Santiago, en cuanto tuve el hermoso texto en latín con mi nombre a fecha 7 de septiembre de 2008 fui a desayunar a un bar que estaba junto a la comisaría de Policía, bajando unas escaleras que desde la plaza llevaban hacia el camino a Finisterre. Allí el observar a los policías que desayunaban me distrajo al fin de todo lo que me turbaba la mente. Con el café, afortunadamente una taza abundante, me pusieron unas galletas, y aunque yo no suelo comer lo que a veces ponen con el café allí hice una excepción, me apeteciera o no. Después de eso fui a dar una vuelta por la ciudad, mientras cada vez aparecía más ambiente por la ciudad. Mis pasos me llevaron hasta un hermoso parque en el que permanecí casi toda la mañana. Una banda de música de percusión ensayaba en la explanada central, donde algunos turistas se hacían fotos junto a la estatua de dos abuelas muy bien caracterizadas con sus ropas y sus verrugas.



Tras descansar un largo rato en un banco con vistas a la Catedral volví un rato antes de que comenzara la misa del peregrino. De nuevo en la Catedral, bastante más abarrotada que por la mañana temprano, me encontré con la pareja de sevillanos, me hizo mucha ilusión reencontrármelos y me dijeron que Laura y Fernando estaban por ahí cerca buscándome, así que fui derecho a su encuentro. Nos reencontramos otra vez, Fernando estaba con su novia, que se había acercado a Santiago para recibirle, y fuimos todos juntos a que éste recogiera su credencial, a Laura ya le daba igual, tenía ya unas cuantas credenciales. Tras una larga cola al fin obtuvo Fernando también su credencial, y fuimos todos a la misa. Fue una misa impresionante, no cabía un alfiler en la catedral, y varios sacerdotes de muy distintas partes del mundo dieron una parte de la misa cada uno en su idioma, uno en francés, otro en italiano, otro en portugués, otro en inglés... el obispo de Santiago comenzó luego a recitar a los peregrinos que aquella mañana habían llegado, tantos de nosedonde desde Irún, tantos de tal sitio desde tal otro... y así hasta que dijo "un peregrino de Jaén desde Ribadeo" y una monja con una voz angelical comenzó a cantar en latín mientras llegaba el momento más hermoso de la misa, el famoso Botafumeiro, un enorme incensario que entre unos cuantos monaguillos descolgaron del techo y empezaron a balancear a lo largo de toda la nave central y que casi tocaba el techo, todo aquello mientras la monja cantaba (es una pena que perdiera el vídeo que grabé, porque es una escena realmente preciosa) y mientras éste se balanceaba de un lado a otro me fijé en la gente, allí estaban los curas checos, los madrileños, la familia atacada por el perro, los franceses, la chica de Arzúa, los sevillanos, el vasco con el resto de ciclistas... estaban todos aquellos que compartieron el Camino conmigo, cada uno con su historia y con sus motivos, al fin estábamos todos juntos en nuestro destino, y por últiima vez los vería a cada uno de ellos.



A la salida de la Catedral los padres de Fernando nos estaban esperando, fue una escena acogedora, ojalá estuvieran allí mis padres y mi hermano para recibirme. En ese momento tuve claro que mi aventura no proseguiría hasta mi destino marcado inicialmente, el faro de Finisterre, a parte de porque Laura ya me había dicho que era un tramo que no merecía nada la pena recorrer, porque solo me apetecía volver a casa con los míos y porque mis compañeros de viaje se despedían para siempre, cada uno volvería de una forma u otra a su casa y seguir caminando ya carecía de cualquier sentido. El padre de Fernando, que era de Baeza, se alegró mucho de conocerme al ser yo de Jaén, estuvimos hablando un rato y me contó que echaba mucho de menos aquella nuestra tierra. Tras una triste despedida nos quedamos solamente Laura y yo, así que nos fuimos a un bar a comer (que ya iba siendo hora) y tras eso nos acompañamos el uno al otro tanto a la estación de autobuses como a la de tren. Laura volvería al dia siguiente a Madrid en autobús, y yo había decidido volver aquella misma noche. Tras comprar los billetes nos despedimos, deseándonos buen camino en la vida y esperando volver a encontrarnos cualquier otro año en el peregrinaje a Santiago.

Con toda la tarde por delante solo me quedaba hacer hora hasta que saliera mi tren con destino a Madrid, así que me encerré en una cafetería la mayor parte de la tarde y me tomé como seis o siete cafés por puro aburrimiento mientras ordenaba mis ideas, manejaba las cartas o simplemente hablaba con el camarero. Cuando ya no tenía más sentido el tomar tanta cafeína salí a dar una vuelta por las tiendas. Junto a la Catedral había un chaval vendiendo vieiras, y como había prometido a Marijose llevarles a ella y a su marido una se la compré allí (Marijose es una ex-compañera de trabajo a la que siempre he tenido muchísimo cariño). Tras eso fui a buscar una cruz de Santiago de plata para Natalia, aunque a mí las cruces nunca me han gustado porque el llevarlas no me ha traído más que desgracias esperaba de todo corazón que el esfuerzo de mi camino fuera suficiente para que ese símbolo que me encanta la protegiera a ella de cualquier mal.

Se acercaba la hora de coger el tren, y como era domingo y la tradición me mandaba cenar los domingos pizza mientras veía Cuarto Milenio, además tenía que celebrar a lo grande mi despedida, fui a una pizzería y pedí una pizza Barbacoa, la chica que me atendió me dijo que había una oferta y tenían que ser dos, aunque yo quisiera una y estuviera dispuesto a pagar lo mismo. Así que allí me senté, a ponerme ciego de pizza mientras miraba constantemente mi reloj para no perder el tren, y cuando me terminé la primera pedí una caja para la segunda y me la llevé por si en el tren me daba hambre. Llegando a la estación llené mi botella de agua de una fuente, la probé y no me fié, pues allí beber de una fuente sin especificar si es potable o no es una ruleta rusa, vacié la botella y entré en la estación. Mientras esperaba al tren observaba divertido a un grupo de jóvenes árabes que se picaron de fuertes, uno se puso a hacer pesas con su maleta, otro a hacer el pino... me hizo gracia sobre todo un chaval que era igual a mi amigo Juan Enrique, solo que con una barba modelo talibán.



Al subir al tren, como siempre, me tocó en un asiento sin nadie al lado y junto a la ventanilla, mi suerte con los trenes es asombrosa. Una vez en marcha la pizza se empezó a notar y una sed horrible me invadió, tenía que beber agua como fuera, afortunadamente el tren tenía un vagón bar, fui a trompicones al otro extremo del tren, el cual descubrí que era larguísimo, hasta que finalmente llegué, pregunté el precio de una botella pequeña, un precio abusivo (1,50 € por una botella pequeña) que no me importó por la sed que tenía y pedí dos botellas las cuales no duraron ni dos segundos. Volví a mi asiento satisfecho, me senté cómodamente y desperté al dia siguiente en la estación de Chamartín. Cogí un cercanías a Atocha y una vez allí comí los víveres que me quedaban, aproveché el tiempo que quedaba hasta que saliera el tren hasta Jaén para llamar a mi hermano y pedirle que me acercara a mi casa, pues a todo el mundo le había estado largas diciendo que iba mucho más retrasado de lo que en realidad iba, para mis padres ese día debía estar llegando a Arzúa y terminaría en Finisterre (sumando en total unos 5 dias más al viaje).

En el tren de vuelta me tocó al lado un joven de Madrid que casualmente trabajaba para la misma empresa que yo, estaba haciendo unos trabajos por Andalucía y le tocaba ir a Jaén, por el camino no hacía más que hablar por teléfono y al llegar al paso de Despeñaperros y perder por momentos la cobertura decía que estaba en el puto culo del mundo, que el sitio aquel daba asco, y me costó lo mío contenerme para levantarme y pegarle un par de leches al pijo de mierda ese, pero por suerte me supe contener (sólo los jiennenses tenemos derecho a decir que nuestra tierra da asco, y aún así ninguno lo pensamos realmente). Al llegar a la estación fui mochila al hombro hasta el trabajo de mi hermano, por el trayecto iba buscando flechas, señales... aunque supiera por dónde ir en los días posteriores me costaba no ir por un camino marcado, y me resultaba hasta extraño, desgraciadamente terminé acostumbrándome. Mi hermano me llevó a casa, mis padres estaban de viaje por Italia y no había nadie, sin embargo fui a ver a mis tíos, primos y abuela, justo al lado, y se sorprendieron muchísimo al verme, y al llamar mi madre comencé diciéndole que estaba en Arzúa todavía y que al dia siguiente llegaría a Santiago, queriendo sorprenderlos cuando llegaran, pero no quise preocuparlos más y finalmente le dije la verdad.

Cuando oía que el Camino de Santiago es una experiencia única que cambia a la gente apenas me lo creía, pero era algo que esperaba que fuera cierto. Ahora sé seguro que es totalmente verdad, he encontrado, como ya he dicho, mucho más de lo que esperaba, es una experiencia única, religiosa para los que creen y espiritual para los que no, en cualquier caso es un camino que se te queda grabado en el alma para siempre, que te encanta y enamora. Animo a quien haya tenido el aguante de leer este diario a que busque su propio camino, a que no deje nada por hacer en la vida, a perseguir sus sueños y a hacer caso siempre al corazón, cualquiera que sea la consecuencia, porque para bien o para mal debemos vivir con el corazón, luchar aunque creamos que nos estamos equivocando y reunir el valor para afrontar los cambios que se nos presenten, porque las señales que nos encontramos en el camino de la vida serán siempre claras, y sabremos seguirlas si realmente queremos reconocerlas.

Escribiendo este diario me he vuelto a sentir caminando entre los bosques de eucaliptos, he vuelto a sonreir con las historias y he vuelto a llorar, no habría terminado este diario si no hubiera tenido el apoyo de la gente que me importa y que lo lee, así que a tí, que lees estas últimas líneas solamente me queda decirte gracias y ¡buen camino!

Dia 7: entre Arzúa y Santiago

martes, 9 de junio de 2009

Diario de un peregrino (dia 7)

Chove en Santiago
meu doce amor.

Camelia branca do ar brila
entebrecida ô sol.


Chove en Santiago
na noite escura.
Herbas de prata e de sono
cobren a valeira lúa.

Olla a choiva pol-a rúa,
laio de pedra e cristal.
Olla no vento esvaído
soma e cinza do teu mar.

Soma e cinza do teu mar
Santiago, lonxe do sol.
Ãgoa da mañán anterga
trema no meu corazón.

Llueve en Santiago
mi dulce amor
camelia blanca del aire
brilla entenebrado el sol.

Llueve en Santiago
y es noche oscura
hierbas de plata de sueños
cubren la desierta luna.

Mira la luna en la calle
queja de piedra y cristal.
Mira el viento perdido
sombra de tizna de tu mar.

Sombra de tizna de tu mar.
Santiago, lejos de tu sol
agua de mar
remueve mi corazón.

Federico García Lorca

Tras una noche bastante ligera de sueño seguramente debida a la siestecita del dia anterior me desperté mucho antes de que la luz del alba brotara en el horizonte. Por el ventanal junto a mi litera pude comprobar que el bar de al lado ni siquiera había abierto aún para los desayunos, y que una fina capa de lluvia ocupaba el ambiente. Recogí mis cosas y fui a la sala de descanso a desayunar un batido y galletas comprados el dia anterior. Allí me encontré nuevamente con la chica que dormía a mi lado, más madrugadora aún que yo, que estaba preparándose para salir. Permanecí un rato saboreando el batido de chocolate mientras miraba hacia la calle, pronto vi pasar a la muchacha y decidí hacer algo de tiempo para no tener que encontrármela en el Camino, no sé por qué pero me incomodaba bastante su presencia. Con el estómago lleno, la cabeza en su sitio y todo listo para la última dura jornada de camino salí a la calle cubierto con mi chubasquero a caminar con las luces de las farolas del pueblo.

A la salida del mismo me junté con unos pocos peregrinos más que esperaban en un cruce sin señalizar, debatiendo acerca del camino correcto. Decidieron girar hacia la derecha, yo que no lo veía tan claro me quedé un rato buscando algún tipo de señal, a veces llevaba unos momentos encontrar el más mínimo indicio que te muestra el camino a seguir, ya sea detrás de un poste, en el suelo o en una piedra (incluso a veces algún peregrino dejaba algunas ramas para mostrar el camino correcto en cruces no señalizados). Pronto nos volvimos a juntar otro grupo de desorientados, un chaval de rasgos orientales comprobó su guía, y tras dudar un poco finalmente tomamos el camino de la izquierda. Fue una decisión acertada, ya que tras unos cien metros el camino salía a la carretera y giraba hacia la izquierda, comprobé divertido que el grupo anterior venía desde la derecha de la misma, habiendo dado un rodeo para ellos supongo que algo molesto.

Disfruté los últimos kilómetros de mi aventura, del paso de mis pies entre la hierba verde, de los aromas y las vistas, pronto diría adios a la sensación de libertad, al recorrer pueblos con total independencia de otro medio de transporte que no fuera mi propia fuerza, a las leyendas de bosques encantados, al rumor de los ríos de agua cristalina, a la compañía del canto de los pájaros. Me sentía como las águilas que a menudo veo por mi tierra, sin más peso en mi vida que el de la mochila, sin necesitar nada más para vivir, realmente en aquellos momentos me estaba planteando el que aquello se convirtiera en mi modo de vida, el ir andando por el mundo sin descanso, conociendo gente y culturas, purificado por la lluvia, nunca en soledad, pues allá donde fuera siempre bailaría con mi sombra y la luna me acompañaría.

La ruta estaba más concurrida, mucho más, se podía sentir otro tipo de peregrinaje, más en convivencia, compartiendo sonrisas y palabras, disfrutando de la compañía de extraños con historias apasionantes. Cuando la calor apretaba y aún seguía lloviendo era todo un gusto desprenderse del chubasquero para caminar casi a cuerpo, con el bañador (los dias de lluvia caminaba con el bañador, una pena no poder haberlo usado en alguna de las hermosas playas del camino del norte).



Se acercaba la hora de comer, por el trayecto apenas se veían bares, salvo en un poblado donde llegué a eso de la una de la tarde, pero estaba tan abarrotado de peregrinos que decidí caminar un poco más, aunque no me quedaran víveres. Me adentré de nuevo en los bosques densos de eucaliptos, aprovechando tímidamente para orinar en el lugar más solitario con miedo a que en ese momento pasara algún otro peregrino. Seguí caminando ya prácticamente en soledad, a aquellas horas quien no estaba comiendo estaba descansando en alguna de las numerosas sombras del camino. El hambre comenzó a apretar, esperaba encontrar un bar que nunca llegaba, las fuerzas flaqueaban y ya pensaba que aquel dia me quedaría sin comer, hasta que con bastantes kilómetros ya a las espaldas me topé con Casa Porta, en Paio, con algunos peregrinos en bici descansando en la puerta. Entré y para mi sorpresa era un lugar con más turistas o gente que había salido a tomar algo que peregrinos (algo lógico siendo ya sábado). Me senté en la única mesa que había libre para pedir un menú, al fin mis piernas descansaron y comencé a comer tranquilamente mientras veía aquel extraño invento que ya ni recordaba, la televisión. Pronto por la puerta del bar vi una cara familiar, no me lo podía creer, ¡era Fernando! Me acerqué a saludarlo, iba con Laura. Por lo visto antes de tomar el autobús el dia que amanecimos en Sobrado como ya había mejorado el tiempo Laura quiso seguir en vez de esperar un dia mas y Fernando se decidió a acompañarla, pues Valentín, con la mochila repleta de mermeladas, miel y demás productos del monasterio, no tenía más remedio ya que irse. Me alegró bastante reencontrarme con ellos, les deseé buen camino y quedamos en que nos encontraríamos en Santiago.

Volví a mi mesa, a devorar mi comida mientras contemplaba la escena de la mesa de al lado, un matrimonio que había pedido algo así como una parrillada de carne y se la habían llevado cruda y a parte una plancha para que ellos mismos la cocinaran, algo realmente curioso, una idea que me encantó, y luego a parte pidieron un plato que les flambearon allí mismo. Cuando me di cuenta un grupo de mujeres aguardaba detrás de mi mesa esperando a que me fuera para sentarse, incluso me preguntaron si me quedaba mucho y hasta me metieron prisa, no podía creer a tal grupo de gilipollas, ¡qué poco respeto! Después de la dureza de mi peregrinaje la escena me enfadó bastante, así que dejé el segundo plato a medias, rehusé del postre y me fui a la barra a pagar por no decirles "ya os podeis meter la mesa por el coño si quereis".

Pese a todo lo ocurrido en el bar no alteró mi humor, es imposible enfadarse ya que lo que te llena el corazón en aquel lugar no deja espacio para nada más. Llegué al río de Labacolla, donde antiguamente los peregrinos descansaban para refrescarse y lavarse para estar presentables a su llegada a Santiago. Me adentré en otro bosque, el último, algo más concurrido por la proximidad del destino. Allí encontré una tumba, en la placa venía explicado que allí mismo, a apenas unos kilómetros de llegar, un hombre de sesenta y nueve años había muerto haciendo el peregrinaje, la tristeza invadió mi corazón de pensar en lo que debió sufrir por no haber alcanzado su objetivo, pero seguramente esté satisfecho, porque cada peregrino que pase por ahí cogerá un trozo de su alma para que le acompañe hasta el final. Pronto el sendero me llevó a atravesar la zona del aeropuerto y de ahí a la carretera del Monte Do Gozo, el monte que hay justo a la entrada de Santiago. La subida fue durísima, por el asfalto y sin ninguna sombra, y el único atractivo de naves industriales y de la televisión gallega. Al fin llegué a lo más alto, donde se supone que se tiene que ver la ciudad, pero que no aparecía por ninguna parte. La opción de Fernando y Laura era la de quedarse en el albergue de Monte Do gozo, ya a apenas cuatro kilómetros de la llegada, un albergue bastante amplio, cómodo y limpio en el que merecía la pena hacer noche, pero yo me sentía ya tan cerca... En la bajada unos peregrinos ciclistas pasaron corriendo cantando y gritando felices de dejarse caer hacia la ciudad. Me gritaron dándome ánimos, que me valieron de mucho y un ¡nos vemos en Santiago!, y respondí gritando también, sonriendo, fatigado, sin fuerzas pero decidido a no darme tregua alguna.



Llegada a Santiago de Compostela, ¡al fin! Entré disfrutando de la ciudad, portando orgulloso mi mochila y mi bordón, era un peregrino de Santiago y llegaba a mi destino. Primeramente me dediqué a encontrar el albergue de La Asunción, un antiguo claustro que antiguamente había servido como seminario. Había bastante cola para entrar, temía haber llegado demasiado tarde como para que quedaran camas libres, la situación del albergue era estupenda, en la zona vieja de la ciudad desde la que se podía ver perfectamente la Catedral y su entorno. Finalmente llegó mi turno y me asignaron una cama, fui siguiendo las indicaciones que me dieron entre salas y habitaciones que hacían un laberinto interminable. Cuando llegué al fin a mi cama observé horrorizado que estaba ocupada, así que desanduve los kilómetros que separaban hasta la entrada para hablar nuevamente con el encargado, el cual me acompañó, y al ver que efectivamente estaba ocupada intentó arreglarlo. Finalmente terminó dándome una cama libre que había en una pequeña habitación al lado, yo estaba encantado, tenía mi esquinita, donde siempre me gustaba dormir, en una habitación reducida en vez del enorme salón con cientos de camas que tenía asignado al principio.



Con todo arreglado en el albergue y librado del mochilón me dirigí hacia la Catedral, al entrar a la plaza del Obradoiro recordé con ilusión cuando estuve en aquel mismo lugar años atrás, me puse a recorrer todo aquello que vagamente recordaba y me encantó, vi al famoso abuelete disfrazado de peregrino que se echa fotos con los turistas y finalmente entré en la abarrotada Catedral, a rebosar de gente, y el Santo Dos Croques, donde tradicionalmente se pedía un deseo dando cabezazos a una figura, en restauración. Al terminar mi visita salí a la ciudad a dar una vuelta, me metí en una cafetería a echar un cafelito, sentado leyendo el periódico o jugueteando con las cartas. Junto a mí había unos chavales jugando al mús, cuando me vieron sacar las cartas comenzaron a mirarme todos de reojo y medio riéndose, bastó con un par de florituras para que apartaran la vista y siguieran a su juego, seguramente les quité las ganas de invitarme a la partida.



Tras dar varias vueltas por la ciudad mirando tiendas cené algo en un bar y me tomé unas cuantas cervezas, seguramente más de la cuenta, pero... ¡qué demonios! Estaba de celebración al fin y al cabo, aunque mi peregrinaje aún no había llevado a su fin, o, al menos no lo sentía así. Ya de noche, antes de que cerraran las puertas, volví al albergue, en cuya entrada unos muchachos de más o menos mi edad hablaban mientras fumaban un cigarro, me senté a acompañarlos, tras lo cual di buenas noches a la Catedral iluminada al fondo y me fui a mi esquinita tras el laberinto de habitaciones a dormir plácidamente.

Dia 6: entre Sobrado y Arzúa

Dia 8: el final del peregrinaje

miércoles, 3 de junio de 2009

Diario de un peregrino (dia 6)


"Haere mae, haere ra, kia ora"
nos encontramos, nos saludamos, nos decimos adiós
(escrito en maorí)


Abrí los ojos y allí estaba, en aquel escenario medieval junto con mis compañeros de batalla. Me permití aguantar un poco en mi cama, dar un par de vueltas perezosas para al fin levantarme. Algunos ya estaban de pie, recogiendo sus cosas o mirando a través de la puerta hacia el patio. Al asomarme comprobé horrorizado que llovía a mares, no había más remedio que esperar a que amainara, así lo hicimos todos. Fernando me pidió que hiciera un truco de magia para que dejara de llover, un chiste fácil con el que todos reímos, pero aquello no iba a cambiar la situación. Poco a poco la gente fue atreviéndose a salir, nadie podía perder un solo día de camino. Del grupo que habíamos formado salieron primero los ciclistas sin el vasco, con bolsas cubriendo todo lo que podían, incluso los pies, para evitar en lo posible el barro, luego los sevillanos protegidos hasta las cejas, después el vasco y así uno a uno hasta que quedamos los gallegos, Laura y yo. Hablando con Pablo, el monje cisterciense encargado de recibir a los peregrinos, terminamos ayudándole a limpiarlo todo, hacer las camas y recoger, al fin y al cabo el peregrino debe ser la persona más agradecida del mundo, ya que depende de la bondad de los demás. La lluvia no aflojaba, y finalmente Pablo nos ofreció quedarnos allí una noche más, opción más lógica que aceptamos. Valentín y Fernando ya se habían rendido de su aventura, sus casas estaban a escasos kilómetros del lugar y optaron por coger un autobús y volver, ante lo cual Valentín llenó su mochila con tarros de mermelada del monasterio. Laura se quedaba encantada, le había gustado muchísimo aquel ambiente y quería disfrutarlo un poco más, yo, sin embargo, no dejaba de dar vueltas de un lado para otro, saliendo a la calle para ver si llovía mucho, asomado en el patio, mirando desde la puerta... estaba desesperado, no soportaba sentirme encerrado allí.



Encontré bolsas grandes de basura en un mueble y se me ocurrió reforzar el chubasquero de la mochila con una de ellas y atarlo todo bien. Mis botas estaban calzadas, el chubasquero, el bordón y la mochila en la puerta esperándome, y yo entre que me iba y me quedaba. Al final vino a mí una tranquilidad placentera a la vez que necesaria, ya que el conflicto entre mi corazón y mi razón era constante. Me despedí de los gallegos y de Pablo, y a Laura le deseé buen camino. Decían que estaba loco si iba a salir con tanta lluvia, pero el agua me daba igual, iba a salir aquella mañana a cualquier precio, para eso estaba allí. Cogí mi mochila, me protegí con el chubasquero y la gorra, agarré el bordón y partí hacia mi destino. Sorprendentemente al poco de salir yo dejó de llover por completo, me reía pensando que los demás estarían diciendo que al final el mago hizo que dejara de llover. Abandonaba Sobrado con destino hacia Arzúa, hasta el fin del Camino del Norte, a partir de allí caminaría por el Camino Francés.

Aunque salí el último aquella mañana poco a poco fui cogiendo a la gente, realmente mi ritmo estaba siendo asombroso. Compartí un poco de camino con los ahora amables franceses, que habían empezado desde París a hacer el Camino, me sorprendió bastante por el esfuerzo que debe suponer. Me despedí pronto y me apresuré en alcanzar a los sevillanos, que descansaban en el banco de uno de los pueblos. Aquella mañana una sonrisa iluminaba mi cara, el sol brillaba en el cielo y los bosques mojados por la lluvia eran preciosos, había pasado los dos últimos días estupendamente y todo salía mejor que bien. Entré pronto en un camino que había dentro de un barranco, embarrado a más no poder, y demasiado estrecho para que el paso a través de las zarzas fuera cómodo con el mochilón en la espalda.



Al salir de aquella angustiosa zona de nuevo a la carretera comprobé que algunos habían decidido evitarla por otra ruta, pero bueno, no estuvo mal del todo, mientras yo esquivaba charcos y zarzas los demás tenían que esquivar coches y caminar por el asfalto, a parte de dar más rodeo. Durante el camino más de una vez me encuentro senderos que unen con el camino francés, con el pueblo de Melide, sé que se termina la magia del Norte, que pronto el sobreexplotamiento turístico romperá el silencio, terminaría mi amado camino y solo me quedaría un dia hasta el final. A la altura de Sendelle hay un desvío por el que se acorta diez kilómetros hasta el camino francés, pero realmente yo quería que aquella etapa se prolongara más todavía, ya había perdido a mis compañeros de peregrinaje en Sobrado, no quería perder tampoco la soledad de mis pasos.

Mi ruta me llevó de nuevo a los bosques de eucaliptos, me crucé con los curas checos que descansaban, fue curiosa la manera de saludarnos, realmente no habíamos llegado a entablar conversación en esos días, pero teníamos una cierta complicidad, sabíamos que éramos pese a todo compañeros de aventuras, ya no los miraba como aquellos sectarios que se encerraban en las cocinas a hacer sus ritos religiosos, todos somos peregrinos y nuestros pasos atraviesan los mismos senderos, nos moja la misma lluvia y nos quema el mismo sol. Adelanto también a la familia del chico atacado por el perro, pienso en ellos, en los checos, en los gallegos, en los franceses, en el matrimonio belga, en el vasco, en los madrileños, los italianos, los sevillanos, los monjes... ya ha merecido la pena comenzar a caminar, y merece la pena llegar al final.



Durante un tramo llegó de nuevo la soledad absoluta, me había introducido en un extenso camino entre los bosques y hacía mucho que no me cruzaba con ningún peregrino, ninguna señal de vida, no había casas, no había carriles que llevaran a cualquier lado... era una zona totalmente abandonada incluso por las señales y vieiras del Camino, llegué a pensar que me había perdido, había recorrido bastantes kilómetros como para volver al inicio del camino y salir de dudas, por otro lado no encontraba final al bosque, solo esperaba que llegara a algún lado. Algo había entre los árboles un poco más adelante, me llamó mucho la atención que hubiera alguien en aquel lugar tan apartado de todo, fui acercándome hasta comprobar que era una señora mayor, estaba sentada apoyada en un árbol, de espaldas al camino, su postura, la manera de balancear las piernas... eran propias de una niña de cinco años, sonreía y canturreaba algo en voz baja. En lo más romántico y místico de mí la dibujo como una meiga de los caminos, capaz de hechizar a cualquiera que preguntara su nombre, en el Camino todo es posible, hay cabida para muchísimas cosas, para leyendas profanas de los antiguos celtas, y a esas alturas ya creía en todo lo imposible. Avancé sin cruzar una palabra, respetando su abstraida conducta, poco faltaba ya para el pueblo de Arzúa.



Ya estaba saliendo del bosque, a la salida las máquinas trabajaban en el paso de la nueva autovía, el rumor de las hojas con el viento se cambió por el ruido de los motores, el terreno cubierto por la hierba se convirtió en barro y la sombra era nula. Pasé por donde pude por mitad de las obras y me adentré de nuevo en la naturaleza, en una zona más urbanizada. Pasaba por carriles con casas a ambos lados, algunas de ellas hermosísimas y todas perfectamente cuidadas. Ya había hecho mi parada para comer, aunque fuera por la tarde bien temprano la temperatura era fresca, algo de agradecer. Al pasar junto a una casa una señora mayor que arreglaba el jardín paró para saludarme y hablar conmigo. Me preguntó de dónde venía, curiosamente hay jiennenses por todo el mundo, el padre de Fernando el gallego era de Baeza, y la familia del marido de aquella señora también era de mi tierra, me contó lo hermosos que son los campos de olivos, yo le dije que no tenían comparación con aquellas tierras de ensueño, y la conversación se desvió un poco hacia el cultivo del olivo, del que parecía bastante interesada. Fue agradable hablar de algo así, del cuidado de las olivas, la poda, el abono, la recogida, el riego... Me sentía todo un maestro del tema, algo raro ya que en Jaén poca gente no sabe nada.

Hablar con la gente del Camino es como respirar profundo y dejar que los pulmones se llenen. Proseguí hasta salir nuevamente a la carretera que finalmente me llevaría a mi destino. En mi trayecto apareció otro entrañable personaje, mientras yo caminaba en una dirección otro peregrino, un joven austríaco de más o menos mi edad, dirigía sus pasos en sentido contrario. Naturalmente que me paré a hablar con él, me preguntó por dónde venía el Camino y le indiqué lo mejor que pude, tras lo cual le pregunté a dónde iba, me contó que empezó en Austria el Camino en abril (era septiembre) el cual había recorrido hasta Santiago por el camino francés, y que ahora estaba volviendo de nuevo a casa por el Norte, no me pude imaginar aventura mejor, le deseé buen camino y nuestros destinos nos separaron supongo que para siempre. A menudo he recordado al chico austríaco, he pensado en lo mucho que me gustaría ser como él y tener la determinación para hacer algo así algún dia, caminar no me importaría, ya estaba acostumbrado y lo que menos deseaba era tener que dejar de hacerlo.



Al fin alcancé Arzúa, un pueblo mucho más grande que los recorridos anteriormente, un pueblo de peregrinos que se encontraba en la recta final, en el Camino Francés que conducía al fin del viaje. Allí la masificación de los peregrinos era notable, tras dar una vuelta mirando albergues y tiendas decidí volver al principio del pueblo al primer albergue que me encontré, allí era una buena idea dormir en un albergue privado, a parte de porque el municipal debía estar lleno y no tenía buena fama de limpio y cómodo porque también me apetecía un extra de "lujo". Entré al albergue "Santiago Apóstol" regentado por un hombre de unos sesenta años muy amable que curiosamente también tenía familia en Jaén (ahora comprendo por qué Jaén es tan pequeño, ¡todos los jiennenses están repartidos por el mundo!). Me enseñó el albergue, la sala de descanso, la cocina, las duchas, las habitaciones... Me quedé en una habitación bastante grande en la que apenas había dos o tres peregrinos, escogí como siempre una litera en un lateral, junto a un radiador donde poder secar la ropa lavada. Tras una estupendísima ducha cogí la mochila pequeña, que no dejaba en ningún momento, y salí a dar una vuelta.

El pueblo en sí no era gran cosa, muchas más tiendas y bares que de costumbre, bastantes peregrinos ¡y hasta supermercados! Entré en uno para comprar víveres, sobre todo fruta y galletas, y como tenía hambre y aún era pronto para cenar me compré una bolsa de chucherías (un caprichito no viene mal, además esa noche dormiría en un "palacio") Volví para dejar las compras en el albergue, al llegar a mi cama apartada de todo contacto humano me encontré con que la litera de enfrente había sido ocupada por una joven que ahora estaba hablando por teléfono. Decidí echarme un rato para hacer hora, tras un rato dando vueltas a la cabeza pensé en hacer como aquella chica y llamar a alguien, y no se me ocurrió nada mejor que llamar a mi por aquel entonces jefe para saber cómo iban las cosas o si necesitaban algo. Pillé a mi jefe en su dia libre, aunque no me importó, porque afortunadamente más que jefe era un amigo, así que estuvimos charlando un rato hasta que finalmente le mandé recuerdos para mis compañeros y eché un sueñecito. Al despertar salí a la calle a alimentarme, aquel lugar era lugar de celebración, de caprichos, y el capricho de la cena fue una hamburguesería para comer lo peor que pudiera, procurando nutrirme solo de colesterol, grasaza y cerveza. Ya no me quedaba nada por hacer, así que volví al albergue, leí un par de revistas en la solitaria sala de descanso y me fui pronto a dormir, esta vez sin mis amigos y compañeros muy a mi pesar.

Dia 5: entre Miraz y Sobrado

Dia 7: entre Arzúa y Santiago

lunes, 1 de junio de 2009

Diario de un peregrino (dia 5)

"Voy conmigo,
con mi mochila,
con mi sombra,
con mi silencio
y mi soledad.
Con mis pies,
con mi cabeza
y con mi alma.
Voy conmigo,
y mis pasos
huelen a libertad."


Despertar en aquel magnífico lugar no tiene descripción, te levantas y te asomas por la ventana de la buhardilla para descubrir la belleza de la que estás rodeado acariciada por la mano de la lluvia, en un pequeño poblado estancado siglos atrás, como si estuvieras en tu propia casa. Dejé mis cosas recogidas y bajé a desayunar con Valentín, Fernando y Laura. El matrimonio belga ya nos estaba esperando con una sonrisa en la boca para desearnos buenos dias. El resto de los peregrinos se encontraban en una sala común y apenas aparecían por la cocina, lugar que era ya nuestro. Habían preparado café, tostadas y dulces para desayunar, y mientras los demás hablaban y reían sobre la situación con los franceses la noche anterior yo cogí nuevamente el libro de visitas para dejar algo más escrito: "I will always keep your fingerprints on my card deck", en relación a uno de los trucos de magia de la noche anterior. Como no, la magia volvió a salir a flote en la conversación, no sé de qué manera, pero empezaron a bromear con lo de los trucos, diciendo que yo podía hacer cosas como que dejara de llover, reímos y me tomé mi vaso de café con colacao, ¡energía a tope! A la mujer del ex-contable le extrañó muchísimo que añadiera colacao al café, al parecer nunca ha tenido que ir a trabajar después de una noche de juerga sin haber dormido nada, Laura también añadió colacao haciendo ver que era algo común y no una extravagancia mia. Una pareja joven de peregrinos asomó un momento por la cocina para despedirse en español, cosa que nos dejó descolocados, ya que pensábamos que éramos los únicos españoles aquella noche allí, pero está visto que nos equivocamos.



Aquella era la hora de partir, muy a mi pesar, porque me costaba separarme de todo aquello, pero antes hablé con el ex-contable porque no había pagado nada en el albergue, él me dijo que no pedían nada a los peregrinos, que había una caja en la entrada y quien quería dejaba lo que quería/podía. Aquel sitio no era como los albergues oficiales, en los que pedían tres euros, así que intenté ser lo más generoso que mi economía me permitió, pues aquel lugar lo merecía. Antes de marchar el matrimonio belga salió a la puerta a despedirme, dos cálidos abrazos que sentí en lo más profundo de mi corazón, y luego el marido sacó una cámara para hacerse fotos conmigo, por último, antes de que se le olvidara, me pidió que esperara un momento, entró en la casa y sacó unos pastelitos que me metió en el bolsillo. Retomé de nuevo la tierra bajo mis pies bajo la niebla de aquellos campos al amanecer, pero antes de irme me tomé un tiempo para echar un último vistazo a aquella casa, a la ventana de la buhardilla, a aquel tejado de pizarras, a la ventana de la cocina... no pude evitar derramar alguna lágrima y proseguí pensando en todo lo que me habían dado a cambio de nada.



Mi camino estuvo buena parte del tiempo acompañado por los pensamientos acerca de la gente que te encuentras, gente que es capaz de ofrecerte hasta su corazón, gente que ha dejado su monótona y vacía vida para irse a otro país a hacer algo tan hermoso. El sendero me volvió a introducir en un bosque cuya belleza casi no pude apreciar por tener la mente en otro lado, hasta que tras un embarradísimo cruce donde había una casa con fieros animales el camino desapareció junto con los árboles. De repente me vi en un nuevo escenario totalmente de leyenda, una zona despejada bordeada por pinares solamente a su alrededor, uno de los pocos lugares en los que piensas que hay algo más, que de cualquier lado te va a salir un druida, una bruja o algo parecido. Mi estado de admiración se vio interrumpido por el ladrido de unos perros en la lejanía, pensé que no era buen lugar para ser atacado por unos perros o por un cazador, estaba absolutamente perdido en medio de la nada, kilómetros y kilómetros de plena soledad, aunque al menos tenía la seguridad de que algún peregrino encontraría mi cadáver. Al poco vi a los dos perros que ladraban, esta vez en silencio observándome desde la distancia, algo nada común en aquellas tierras, me paré y me giré para observarlos, pensaba que irían con alguien, pero no había nadie con ellos. Nuestras miradas se encontraron y percibí un misticismo especial, me agaché y les tendí la mano, realmente quería que se acercaran y poder acariciarlos, pero se acercaron muy poco, tal vez temiéndome. Proseguí la caminata con su compañía a una distancia prudencial.



Al cabo de un rato me topé con una extraña formación de piedras, acercándome vi que aquello no era natural, era un montículo que hacía una perfecta semicircunferencia de unos cinco metros de altitud alrededor de un pequeño estanque, con las paredes lisas y grabadas con todo tipo de rallas y circunferencias. Al poco nuevamente una artificial formación rocosa, entre una pequeña arboleda me topé con lo que parecía un caserón, bastante antiguo, desde luego, consumido por el tiempo y devorado por la vegetación, ¿cuántas maravillas más habría ocultas? Me sentía como un explorador que descubre ruinas que han sido invisibles durante cientos de años, acompañado de mis dos perros en el lugar más solitario en el que jamás haya estado. Comencé a salir de aquella zona, tras una valla de piedras volvía a haber sendero, los perros me habían abandonado y me paré para echar un último vistazo y respirar hondo con el alma. La niebla comenzaba a despejarse, el sol brotaba de nuevo y yo me entristecía cuanto más me alejaba de aquel lugar.



De nuevo los eucaliptos, quizás por la lluvia o quizás por mi estado de paz, pero eran mucho más hermosos que dias atrás, con su camino bordeado por kilómetros y kilómetros de piedras perfectamente encajadas para formar una valla. Nuevamente mis amigos vuelven a mi mente cuando me encuentro algo pequeño, redondo y amarillo entre la tierra, deseo llamarlos, saber algo de ellos y compartir aquellos momentos tan felices, pero era algo absurdo, porque nunca podría expresar con palabras todo aquello, por mucho que lo intente es algo que se debe vivir y sentir. Dejé atrás aquellas bolas de airsoft y seguí caminando hasta la zona del duro asfalto que machacaría mis pies hasta el final de mi trayecto.



Durante una bajada por uno de los numerosísimos bosques me reencontré con el matrimonio de franceses que nos había echado la bronca la noche anterior caminando con su hija, yo no esperando ninguna amabilidad por su parte me limité a adelantarlos rápido dedicándoles la más amable y sincera de mis sonrisas y deseándoles buen camino. La terrible señora en ese momento me dijo algo que no entendí bien, le pedí que repitiera y con una sonrisa bastante amable me dijo en un mal inglés que ella tenía las piernas muy cortas, que yo con las mías tan largas iba mucho tan rápido. Supongo que en aquel momento me estaba queriendo decir que sentía lo de la noche anterior, era su forma de mostrar arrepentimiento. A veces la gente reacciona ante ciertas cosas de mala manera, cosa que no quiere decir que sean así, por eso nunca hay que despreciar a nadie sin haberse molestado en conocerlo antes y siempre hay que tratarlo con la mejor de las intenciones (con la bruja de Baamonde no, ella era mala de verdad). Nos volvimos a desear buen camino y proseguimos, cada uno a su ritmo. Tras un buen rato de caminata superé a los dos españoles que nos habían pasado tan desapercibidos en Miraz, que estaban reponiendo fuerzas a la entrada de un carril, no sin antes intercambiar un par de palabras (tan necesarias en algunas ocasiones) y dedicarles el clásico "buen camino". Pronto llegué a un inmenso lago en el que tenía planeado meterme en plan locura, pero la hora se me estaba echando encima y me apetecía llegar y comer, me limité a contemplarlo nada más al paso de mi camino. El fin de mi corta etapa estaba cerca, aquel dia no avanzaría más allá de Sobrado, donde quedé en reunirme con los gallegos y Laura nuevamente.



Una larga carretera atravesaba Sobrado Dos Monxes desde el espectacular lago. Ansiaba ver el famoso monasterio de Sobrado, pero solo veía casas y bares a pie de carretera, la caminata se me hizo bastante larga, no estaba siendo para nada el pueblo que esperaba, hasta que, casi en la salida, se abrieron los árboles ante mí y me encontré la espectacular catedral. Allí estaba el resto del pueblo, en un nivel inferior, ésa sí era la vista que ansiaba conocer. Bajé una calle empedrada, con casas antiguas y entrañables, y cuando tenía la sensación de haberme perdido aparecí en la plaza donde se encontraba la catedral y la entrada al monasterio de Sobrado. Todo lo que pueda describir de este monasterio nunca podrá hacer justicia a su belleza, ni la catedral de Notre Dame, ni las bellas calles de Brujas, ni los valles de Escocia... nada he encontrado nunca que se pueda asemejar a aquello, ni al monasterio ni al resto de cosas que en mi viaje había descubierto. En la puerta del monasterio había un par de peregrinos echados en una zona de césped descansando, éste se encontraba cerrado hasta las 16:30, así que solo quedaban dos cosas por hacer, descansar y comer.

Mientras reposaba mi espalda de la pesada mochila tirada sobre la hierba anduve un poco por la plaza, hice las obligadas fotografías y descansé un rato. Pronto vinieron la pareja que había dejado atrás, y me ofrecieron ir a comer con ellos. Fuimos hasta un bar algo apartado del centro, al parecer era un sitio bastante recomendado, y sentados allí, en un salón compartido solamente con otro grupo de ciclistas peregrinos nos contamos nuestras historias. Lo que más odio de mí es olvidar los nombres de la gente, sobre todo cuando es gente con la que comparto algo especial. Él me contó que había hecho el Camino el año anterior con un amigo, y que había vuelto tan ilusionado que aquel año su novia no quería perdérselo. Me estuvo contando anécdotas y lo pasamos bastante bien. En una aventura compartida con tantos extranjeros y con tanta gente de distintas regiones a veces era incómodo o frustrante no entender todo lo que decían, incluso con Laura y sobre todo con los gallegos, con quienes a veces nos teníamos que repetir las cosas varias veces. Esta vez era gente de mi tierra, de mi Andalucía tan distinta y añorada, como pasa cada vez que estamos fuera, aunque no nos guste, y me complacía cada acento característico que escuchaba de aquella pareja de sevillanos, y, pese a que normalmente no nos gusta demasiado cómo hablamos y a algunos les avergüenza, en aquel momento me pareció la manera más hermosa y encantadora de utilizar el castellano, por eso podré vivir en otros lugares, podré amar muchas tierras, pero la tumba que contiene mi nombre, al igual que las de Villamartín, estará siempre entre olivos.



Tras un buen plato de arroz con pollo y de un plato típico hecho con masa de chorizo cuyo nombre he olvidado, y eso que volví pidiéndole a mi madre que me lo preparara, y el debido café desanduvimos nuestro camino de nuevo al Monasterio, donde ya esperaba más gente, entre ellos Laura y los gallegos. Nos abrió un monje al fin la puerta, su nombre era Pablo, naturalmente iba vestido con su túnica característica, aunque no todos los monjes las llevaban siempre. Era un hombre con una gran bondad y a la vez cierta picardía, típico supongo de quien está satisfecho con su propia vida. Muy amablemente nos dio paso al interior del Monasterio, donde, en una de las salas, hospedaba a los peregrinos del Camino. En seguida nos caló a los gallegos y a mí y estuvo bromeando un rato, decía que los gallegos tenían cara de ser bastante folloneros, en un buen sentido de la palabra, pero que a mí se notaba que me sobraba bondad por todos lados, que no me juntara con ellos porque eran malas influencias, ¡y hasta me ofreció quedarme en el monasterio de monje! Por un momento pensé que era una hermosa manera de vivir, pero tenía claro que me quedaban muchísimas cosas por hacer en la vida, algunas de ellas bastante contrarias a cualquier creencia religiosa, además, aunque con Dios a veces me lleve bien, con la Iglesia no. Tal vez algún día cuando sienta que mi vida ya ha merecido la pena y no me queden sueños por cumplir me retire a aquel monasterio (y no otro) a escribir mis memorias o algo así.



Con toda la tarde libre (aquella tarde, aunque pudiera de sobra, no merecía andar) la gente se fue a dar vueltas, descansar o preparar cosas. A nosotros, tras una estupendísima ducha en unos baños de piedra antigua bastante encantadores, Pablo nos dijo que podíamos ver todo lo que quisiéramos dentro del monasterio, entrar donde nos diera la gana y explorar todo aquello que nuestro espíritu aventurero nos mandara, a excepción, claro está, de las dependencias privadas de los monjes. Anduve, correteé, me senté en el patio central, hice todas las fotos que pude, cotilleé cuanto quise, pues es lo que más me gusta en esta vida desde de pequeño que cada dos por tres le vaciaba a mi madre todos los cajones de mi casa. Había una puerta cerrada pero sin el pestillo echado, no sabía si debía o no, pero recordando que allá donde fueres no debes dejar nada por hacer, incluso aunque esté "prohibido", acepté la invitación de la puerta no cerrada adecuadamente y me dio paso al interior de la Catedral.



La Catedral estaba como abandonada, el musgo y las hierbas trepaderas que en las afueras del monasterio Fernando decía que estropeaban la Catedral le daban un aspecto impresionante, sin duda mi opinión era distinta de la de mi amigo gallego, porque aquello le daba un encanto especial. La Catedral solo tenía bancos, no había nada de imágenes, alfombras, velas... tipico en todas las iglesias, solamente bancos, el órgano en la planta superior y en el centro... una maqueta de la catedral de Santiago, impresionante, aquello avivó la fuerza ya consolidada que tenía para seguir hasta el final. Entré en unas salas, totalmente vacías, me metí por una entrada por los interiores de los muros, y llegué a una sala fantasmagórica en la que había dibujada en toda la pared lo que parecía un aquelarre de monjes, una escena muy tenebrosa, desde luego, que me encantaría visitar de noche. No pude contener la emoción y salí de la Catedral, al encontrarme con Pablo en su oficina le pregunté si allí se podía entrar, a lo que me contestó "-¿está cerrada?" "-no" "-hay rayos laser que te destruyen si entras?" "-creo que no" "-entonces... ¿qué te lo impide?". Con una sonrisa de oreja a oreja fui dando brincos en busca de Fernando, Laura, Valentín y los sevillanos para contárselo, y todos me acompañaron entusiasmados.



Tras un rato como niños que juegan a descubrir tesoros nos fuimos de allí. Ahora me tocaba descubrir el exterior, unos jardines perfectamente cuidados, con estatuas tanto cristianas como paganas, sin duda un verdadero paraíso de belleza. Tras un rato miré el reloj y eran casi las 7. Volví corriendo al interior, pues Pablo nos tenía preparada una sorpresa. Al reencontrarnos todos Pablo nos llevó por una de las zonas "prohibidas" hasta un salón enorme con sillas en fila hacia un semicírculo de sillones antiguos que rodeaban un atril. Nos sentamos y pronto comenzó el espectáculo. Las luces se apagaron, excepto las que habían en el semicírculo, que simplemente estaban mucho más tenues. Entró un desfile de monjes encapuchados, cada uno se sentó en uno de los sillones y se descubrieron. Permanecieron allí un buen rato, en silencio, no me atrevía a tirar fotos porque hasta el sonido del obturador era fácilmente audible. De pronto un foco iluminó el atril y las demás luces se apagaron por completo, todo ocurría muy despacio y envuelto en misterio. Uno de los monjes tras un rato más que prudencial se levantó con mucha calma y se acercó lentamente al atril, en el que tras una pausa comenzó a leer un pasaje de la biblia con una voz grave pero relajante. Cuando terminó tomó un tiempo como para sentir aquellas palabras y se sentó, volviendo el absoluto silencio. Luego otro monje hizo lo mismo, uno mucho más joven, pero esta vez leyó cantando, y a su pausa todos comenzaron a cantar. Los pelos de mis brazos estaban erizados ante aquella exhibición tan tenebrosamente hermosa, las voces de los monjes entraban directamente en el alma y te la agitaban de un modo brutal a la vez que te daban paz. Al terminar de cantar de nuevo un largo silencio en el que las luces del semicírculo volvieron a encenderse tenuemente y al cabo de un rato uno de los monjes, el más anciano, comenzó a dar su opinión acerca del texto leído, tras eso un momento de reflexión y otro monje daba su opinión. Al terminar todos se volvieron a colocar las capuchas y lentamente fueron abandonando la sala, en la que en todo momento sólo se podían oir los latidos de nuestros corazones. Pasado un rato sin ningún monje ya en la sala salvo Pablo y otro las luces volvieron a su estado inicial, todo había terminado y nos acercamos a Pablo para agradecerle aquella "misa" o lo que fuera.



Yo me quedé sentado en un banco en el patio mientras los demás se fueron a un bar a tomar unas cervezas (me apetecía disfrutar de aquello al máximo) y allí conocí a una familia de holandeses, el padre con dos hijos y una hija. Ellos llevaban allí desde el día anterior, les habían dejado quedarse porque a uno de los hijos le había atacado un perro, hiriéndole en una pierna. Cuando me separé de ellos ya había anochecido, era el momento perfecto para volver a la Catedral, esta vez como morboso del misterio y de lo sobrenatural, no como niño aventurero. Dependiendo de la luz muchos escenarios son totalmente distintos, cosa que me dejó redescubrir con una nueva emoción el lugar de mi aventura. Permanecí un rato sentado en la sala de la pintura del "aquelarre" tan envuelta en misterio, simplemente escuchando el silencio de las piedras. Según nos había contado Pablo al finalizar la misa aquella catedral había sido totalmente destruida y años atrás la reconstruyeron exactamente igual con las mismas piedras, sin duda era un lugar con mucha historia y muy interesante.

Con la noche también vino la lluvia, solamente hay que imaginar el sonido de la lluvia golpeando las rocas dentro de un monasterio que te transportaba al siglo XVII, allí, absorto en mis pensamientos, permanecí observando el patio mojado hasta que volvieron mis amigos. Al volver nos juntamos con un vasco que comenzó el camino solo y en bici, pero que pronto se unió a otros peregrinos en bici, algunos de Salamanca, otros de Valladolid y uno muy gordo y sonriente de Teruel. Laura por lo visto lo conocía de otros albergues, el vasco al parecer se tomaba lo de caminar con calma disfrutando del entorno con mucha severidad, pues hacía etapas de veinte kilómetros cuando lo normal en bici son sesenta. Cuando la gente se acostó, para no hacer ruido y no saltara de nuevo la señora francesa, nos fuimos a la cocina, "sorprendentemente" cerrada, al abrir de nuevo el espectáculo de los curas checos, que leían la biblia mientras uno preparaba una comida en lata parecida a una ración del ejército. Algunos nos echamos un poco para atrás, pero el vasco con toda su cara se metió escandalosamente y se sentó entre los checos, que debían estar alucinando con nosotros.

Llegó el momento de que el vasco nos contara su historia. Nos estuvo hablando de su camino, de que el tramo más encantador era el que pasaba por Euskadi, decía que no tenía comparación con nada, cosa que suele pasar con la tierra de cada uno, pero él realmente quería convencernos de que no lo decía porque él fuera de allí. Nos contó cómo la gente se asustaba a su paso en el camino, cuando yendo a toda velocidad con la bicicleta adelantaba a cualquier peregrino y le gritaba un ¡¡BUENOS DIAAAAAAAS!! No podíamos dejar de reir con aquello, los checos se cansaron pronto de nosotros y se fueron a dormir, y allí nos quedamos, hablando y riendo mientras tomábamos una de las famosas infusiones de Valentín. Tras un rato Fernando y Valentín se acostaron y nos quedamos Laura, el vasco y yo diciendo absurdeces, riéndonos de cualquier tontería a carcajadas y haciendo el tonto con la cámara del vasco, hasta que ya nos fuimos todos a la cama. Para mi suerte había una litera más entre la mía y la del vasco, ya que los que estaban al lado o debajo apenas pegaron ojo por los almohadazos que éste les pegaba de vez en cuando harto de risa.

Dia 4: entre Villalba y Miraz

Dia 6: entre Sobrado y Arzúa

lunes, 25 de mayo de 2009

Diario de un peregrino (dia 4)



El nuevo dia comenzó bastante temprano, pese a la profundidad de mis sueños me desperté mucho antes de que sonara la alarma. La mayoría dormía, aún no había salido el sol en la calle y el rumor de la llovizna invitaba a muchos a seguir descansando. Me levanté con las energías al máximo, recogí mis cosas, preparé la mochila y bajé al salón casi en soledad para comenzar a disfrutar de la nueva jornada. Una vez calzado con mis botas, tras comprobar que la cura de la ampolla había sido más que efectiva, me acerqué al bar para tomar mi café con tostadas. Al volver la pareja madrileña había empezado a desemperezarse mientras desayunaba, estuvimos hablando un poco y me comentaron que si en mi jornada me encontraba con dos gallegos les diera recuerdos de su parte y les dijera que lamentaban mucho ir tan retrasados respecto de ellos. Una voz, casi un grito me distrajo, la chica italiana de la noche anterior gritaba mi nombre desde la planta de las habitaciones, al mirar para arriba me hizo una foto con lágrimas en los ojos. Es muy triste el estar tan cerca y no poder completar la aventura, el dejar a los compañeros y, sobre todo, abandonar el Camino.



Tras despedirme me dirigí protegido con el chubasquero y la gorra de la lluvia hacia el pueblo de Villalba, esperando encontrar alguna frutería para comprar las acostumbradas provisiones (manzanas y plátanos) pero me fue imposible. Más aún, me costó bastante, incluso guía en mano, encontrar la salida hacia el Camino, perdí bastante tiempo y me lamenté de no haberme perdido más por el centro para admirar las maravillas de aquella población. Mi búsqueda me llevó a la compañía de otro peregrino y juntos encontramos la salida. La nueva etapa no voy a decir que era más hermosa, porque cada dia era distinto, distintos paisajes, distintas aventuras, distinta compañía... pero me llevó por los ríos más encantadores que había visto. Aquello me recordaba a las leyendas que había escuchado sobre brujas la última vez que fui a Galicia, con mi hermano años atrás, que hablaban sobre los maleficios que echaban desde debajo de los puentes a quienes pasaran por encima, y que para que éstos no tuvieran efecto se debía cruzar las piernas mientras se cruzara, pero lógicamente no podía pasar andando con las piernas cruzadas, sin embargo aprovechaba cada puente para mojar mis manos en el río, admirar la belleza y, por qué no, echar un vistazo para asegurarme de que no había ninguna bruja bajo el mismo.



Pronto dejó de llover, y me vi caminando por bosques embarrados durante un buen tramo. Tras una de las curvas un ganadero apareció caminando en mi trayecto con las vacas más grandes que había visto hasta entonces, incluyendo las de las tierras Cha, pero no temí ni por un momento el caminar entre ellas, incluso acariciarlas, lo que me demostró que ya no temía a ningún peligro de los que se me presentaran. En la zona más aislada del trayecto observé una casa solitaria en la que por lo menos unas veinte personas trabajaban en las obras de la misma, cosa que me llevó nuevamente a reflexionar sobre el estilo de vida de la gente de allí, de cómo familias enteras iban a los lugares más recónditos a trabajar en perfecta armonía recordando (el Camino da para pensar en muchísimas cosas) la niñez cuando toda la familia íbamos a las olivas y mi madre preparaba pipirrana y tortilla de patatas para comer en mitad del campo.

Poco después el paisaje volvió a cambiar, esta vez para presentar una escena un poco más cruda y fea, la carretera. Afortunadamente para mis pies no tuve que andar por ella, pero sí tenía que ir zigzagueándola atravesando por los muchos túneles sobre los que pasaba habilitados para los peregrinos. La llovizna volvió, y con ella de nuevo el escenario plácido de la naturaleza plena. Las fuerzas no me fallaban, la mente estaba despejada, así que no por aburrimiento ni por cansancio comencé a cantar y bailar por mitad de un bosque en soledad, a sabiendas de que nadie podía verme o escucharme, cosa que tampoco me importaba mucho. Música de Celtas Cortos, la música de mi viaje, me divertía ensayando temas como "retales de una vida", "no nos podrán parar", "hay que volver" y "la senda del tiempo". Al alcanzar una nueva zona de casas, ya sin hacer el tonto, tras una valla un perro, como tantos, comenzó a ladrar efusivamente, menos mal que vi aliviado que estaba tras el portón de la parcela, pero al recorrer mi vista la continuación de la valla comprobé horrorizado que no había nada, esperaba que aquel bicho infernal con los ojos inyectados en sangre que parecía querer devorarme no se diera cuenta, cosa que no pasó. El perro se abalanzó sobre mí, y yo, solo en aquel lugar, no tenía más opción que desenvainar mi toledana (el bordón) y asestar certeros estoques en el animal, sin llegar a herirlo, por supuesto, pero lo suficiente como para librarme de él.



La llegada al pueblo de Baamonde fue casi un alivio, hacía tiempo que la lluvia estaba apretando y necesitaba, a parte de descansar, guarecirme un poco de la misma. El albergue del pueblo era precioso y se veía bastante cómodo y relajante, allí nuevamente me encontré al grupo de checos sentados en el porche, y a un chico gallego quitándose las botas. Me acerqué a ayudar al chaval a curarse una herida de la pierna y descubrí que era uno de los dos primos gallegos de los que me habían hablado los madrileños, llamado Fernando. Tras un rato hablando con él apareció la "encantadora" señora encargada del albergue, que farfullando nos gritó para que pasáramos dentro y nos sellara las credenciales. Preguntamos por la cocina y nos contestó de mala manera que allí no se podía cocinar, preguntamos por el servicio y nos dijo que en la calle había una pila de agua, que nos apañáramos con aquello, y a los pobres checos que apenas se enteraban de la película comenzó a gritarles despectivamente y llamándolos "checoslovacos". No pudimos dejar nuestras cosas en el albergue para mientras ir a comer, así que de nuevo mochila cargada me fui a buscar un buen menú en cualquier bar del pueblo.



Sin recomendación ninguna de la bruja aquella me dispuse a buscar un buen lugar donde nutrirme. Entré a un bar que había en una de aquellas casas antiguas, bastante bien decorado por dentro, asemejando las tabernas que debían encontrarse por aquellos lugares siglos atrás. Un camarero que terminaba todos los adjetivos en "-ito" me atendió muy amablemente, pedí una sopa y un filete de ternera. Primero vino la sopa con el pan, aquel líquido extraño que por el sabor era más agua de fregona que sopa me lo tuve que comer echándole migas del insípido pan, que al menos estaba tierno, para que tuviera algún sabor. El filete... bueno, el trozo de carne sangrante lo tuve que dejar casi entero, no es que sea delicado con la comida, que aunque la carne esté muy poco hecha me la como, pero no me agrada clavar el cuchillo en algo que en cualquier momento puede echar a correr. "¿Estaba todo riquito?" "Un café, por dios". Para mi desilusión cuanto más me acercaba a mi destino menos se asemejaban los menús al que dias atrás había disfrutado con tantas ganas, ni en precio ni en sabor ni en abundancia. Volví al albergue, aquella tarde me apetecía disfrutar un poco de la relajación de un pueblo que parecía encantador, sin embargo la idea de tener que aguantar a la repelente señora del albergue y el ver que nadie más estaba dispuesto a quedarse continué mi jornada, otra vez doble, hacia el albergue de Miraz, que según la arpía aquella no existía.



De nuevo a caminar, y de nuevo la lluvia. Saliendo del pueblo me paré en una tienda a comprar víveres (galletas y alguna chuchería, que me la había ganado) y sorprendentemente me encontré de nuevo con la belleza de las gallegas, sin duda la mujer más hermosa de todo el viaje que debía contar con unos 35 años, pero que cortaba la respiración, y es que aquello que allí parecía lo más normal del mundo en mi tierra es muy difícil de encontrar, no por solo hermosura, sino por además simpatía y modestia. Los primeros kilómetros fueron por asfalto, una carretera principal bastante transitada por camiones que casi me hacían volar, y peor aún, con todas mis fuerzas concentrándose en la difícil digestión. El camino nuevamente se escondió entre los árboles por caminos de hierba, bordeando enormes fincas con sus ganados, sus espectaculares casas y sus perros feroces. Lo primero que encontré fue un puente que atravesaba un enorme río, estuve un rato sentado a la orilla, pensando en mis cosas, y luego proseguí para descubrir unos metros más adelante una iglesia perdida en mitad del bosque, junto a la cual se alzaba un hermoso cruceiro.



Tras rodear la iglesia por un camino ascendente y resbaladizo proseguí otra dura etapa de bellas escenas, perros agresivos, reflexiones profundas, cantes y bailes y lo que es peor, el ataque de unos cazadores. Algunos senderos se encontraban un poco sumergidos en la tierra, de manera que a veces solo se veía la cabeza de quien andaba por ellos, otras veces la tierra te tragaba por completo, pues bien, en uno de aquellos senderos de repente oí un fuerte disparo y un montículo de tierra saltó cerca de mi cabeza, en ese momento, sobre todo por lo poco que me gustan los cazadores, menos cuando no respetan la distancia de caza respecto de las casas, y, claro está, más que nada que me disparen, empecé a gritar en parte para que se dieran cuenta de que mi cabeza no era ningún conejo y en parte para mencionarles lo mucho que me estaba acordando de sus seres queridos y de los miembros de sus familias fallecidos, pero el tiroteo continuaba. Con un cabreo monumental, sobre todo porque no los veía (tampoco me atrevía a asomar la cabeza) continué con la esperanza de dejarlos pronto atrás, eso sí, con mi gorra alzada más de un metro por encima mía ayudada del bordón.

Algunos kilómetros más adelante, ya dejados atrás a aquellos imbéciles y con el pueblo de Miraz relativamente cerca, la luz del dia se iba debilitando y mi nuevo escenario era por una carretera bastante poco concurrida (más bien nada). Estaba ya cansado y deseando llegar al albergue cuando me encontré un grupo de tres o cuatro casas donde dudé si había llegado o no, pero nada parecía indicar que así fuera, de modo que tenía que dejar el bar con tan buena pinta que había y proseguí mi camino con la duda de si allí se encontraba realmente el albergue, pues aquella zona era muy solitaria. Un par de kilómetros de dudas después a unos treinta metros de donde me encontraba vi a alguien cruzar la carretera corriendo, al llegar a la altura intenté adentrarme en el lado de la carretera hacia donde había salido, para preguntar si Miraz estaba cerca o si lo había pasado, para mi sorpresa la vegetación era demasiado densa para que alguien pasara por ahí, y mucho más, para que alguien estuviera andando o corriendo por la zona, y nada se escuchaba, era evidente que allí no había nadie, pero estaba totalmente seguro de haber visto a alguien pasar.



Al fin el albergue de Miraz, un suspiro salió de mi boca al ver el enorme cartel que así lo indicaba. Me acerqué y un hombre mayor con barba y gafas me abrió la puerta. Al principio era muy confuso, porque me hablaba en un mal inglés, claro que el mio supongo que no era demasiado bueno tampoco. Me dijo que el albergue estaba completo, por un momento me vi en la situación del primer dia, pero me hubiera dado igual haber seguido andando aunque fuera a oscuras por mitad de la nada. Para mi suerte me dijo que si no me importaba no estar demasiado cómodo me podía hacer un sitio, era evidente que acepté. Pasé adentro y me presentó a su mujer, luego me subió al desván y apañó un colchón para poder dormir en el suelo, creyendo él que me resultaría incómodo, cuando era todo lo contrario.

Tras instalar mis cosas bajé a aceptar la invitación del amable señor de tomar un cuenco de sopa de peregrino que nada tenía que ver con la del menú de Baamonde. Allí, en aquella cocina, nos juntamos Laura, una chica madrileña que como yo hacía el viaje sola, pero que era su séptimo año haciendo el camino, Fernando, el gallego que encontré en Baamonde, Valentín, el primo de Fernando, y yo, y tras compartir unas risas y conocernos un poco mejor (la pareja mayor que llevaba el albergue era de Bélgica, me parece recordar, el marido era contable pero lo dejó todo para irse a aquel albergue a vivir, no por ganar dinero, porque perdían y bastante, sino por un motivo muy fácil de entender cuando pasas por allí). A veces pienso que juntar una familia distinta al dia, convivir y compartir puede hacer bien que conozcas a muchas personas interesantes bien que te acostumbres y amargues, y termines por no dar el calor que merece la gente a tu alrededor, también pienso que mucha gente pasaría de largo, todos agradecerían la amabilidad, por supuesto, pero nadie se abriría lo suficiente ni compartiría tanto como lo hicimos nosotros, pues realmente sentados allí en aquella cocina alrededor de la mesa, compartiendo la sopa o unas infusiones, charlando, jugando a las cartas, tuve la extraña sensación de estar en familia, como hace muchos años que no me siento en mi propia casa. Allí, en Miraz, me dieron lo más hermoso que he guardado en mi corazón del Camino, y nunca, jamás, nadie podrá arrebatármelo.

Fui a pegarme una ducha, que falta me hacía relajarme, y tras eso salí a la pila de la calle a lavar mi ropa, en ese momento Fernando me llamó para cenar unos exquisitos espaguetis que había preparado él mismo, así que terminé lo antes que pude y fui corriendo a devorar tan exquisito plato. Tras la cena compartimos unas ricas infusiones que llevaba Valentín, estuvimos hablando con el ex-contable y su esposa, yo en un inglés un poco oxidado, pero Valentín se manejaba que daba gusto oirlo. Fue una noche de aprendizaje, de escuchar las experiencias e historias de los demás y de descubrir un lado hermoso de la vida. En aquel punto yo ya era realmente un peregrino al que no importaba seguir andando dia tras dia por el resto de la vida, conociendo, compartiendo, y lo más importante, juzgando a la gente por el tamaño de sus corazones y no por el aspecto que puedan tener, desde entonces una persona con mochila para mí no es un mendigo o un pordiosero, como puede ser para muchos, sino un peregrino de la vida en un mal lugar en el que no tiene el apoyo de la gente, ya sea por miedo, por odio o por pereza.

El albergue tenía un libro de visitas, que, por supuesto, estuvimos cotilleando. Muchos mensajes hacían referencia a la lucha, la esperanza, a no venirse nunca abajo, otros a la belleza y a la experiencia felizmente compartida en aquel albergue, y otros, para nuestra sorpresa, acerca de la terrible "Bruja de Baamonde", la señora mayor del albergue de Baamonde que tan mal trataba a todo el mundo, la misma que decía que en Miraz no había albergue (lástima de los checos que aquella noche decidieron quedarse con la bruja, solo espero que la quemaran en una hoguera). Uno de los mensajes, el primero que la llamó bruja, era de una niña de 7 años, que relataba lo dulce que había sido aquella jornada de camino para ella, con la única excepción de una vieja que les había tratado como perros y que era una auténtica bruja, por fea y por mala. Nosotros, como no podía ser menos, escribimos también sobre la diferencia entre un albergue de lujo regentado por una bruja y una casa petada de camastros y colchones regentada por una gente tan amable.

En la buhardilla dormíamos Fernando, Valentín, Laura, un matrimonio de franceses (cuya hija dormía en una de las habitaciones de abajo) y yo. Cuando nos subimos a acostarnos los franceses todavía estaban abajo, era temprano y aprovechamos para recoger un poco las cosas y charlar un rato, y Valentín para pegarse una ducha. Pronto subieron los dos franceses para acostarse, nos apagaron la luz de mala manera, pero eso no impidió que siguiéramos hablando en susurros, más que nada para ponernos de acuerdo en la hora para levantarse al dia siguiente. Los franceses nos chistaron varias veces, así que viendo la mala leche que gastaban nos callamos, nos disponíamos a dormirnos cuando Valentín subió, al no ver nada encendió la luz y la mujer francesa le dijo algo que no entendimos, le dijimos que apagara, que los franceses estaban subnormales y éste sin rechistar obedeció y se fue a acostarse. Preguntando a Fernando qué es lo que pasaba la "flanchuta" comenzó a gritar como una loca a decir lo que suponíamos que eran barbaridades en francés, lo único que entendí fue españoles pero vamos, me imagino toda clase de tacos e insultos saliendo por su boca sin parar por al menos un cuarto de hora, hasta que ya la calmó el marido y todo quedó en silencio (luego la muy hija de puta roncaba como si le fuera la vida en ello)

Allí estaba yo, acostado en una buhardilla, con el aroma a humedad entrando por la ventana, mirando el techo formado por vigas de madera y piedras de pizarra que servían como teja, escuchando las gotas de lluvia golpear contra el tejado, no podía evitar sonreir de felicidad, porque lo que había vivido aquella noche en el albergue de Miraz era algo que encontré sin saber que lo estaba buscando, la noche más hermosa, junto con la de Sobrado al dia siguiente, que viviría en mi experiencia en el Camino.

Dia 3: entre Lourenzá y Villalba

Dia 5: entre Miraz y Sobrado

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